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jueves 11 de agosto de 2005

Qué doloroso es darse cuenta de que la persona que más respetás no se respeta. Cuánto cuesta aceptar que esa persona a la que querés más que a vos mismo no se quiera. Qué terrible impotencia se siente ante semejante injusticia y qué ganas de gritarle en la cara: “¡Querete, porque sos lo que más amo en el mundo! ¡Cuidate, porque sin vos mi vida no vale nada!” Pero no, porque sabés que para esa persona que a vos tanto te importa, tu amor no significa nada. Y entonces te encerrás en esa impotencia alimentada por su indiferencia, te sentás a mirar incrédulo, como si estuvieras viendo cómo alguien te arranca vivo el corazón, cómo lo que más amás destruye a lo que más amás.



La puerta del ascensor se abrió chirriando empujada por la mano derecha de Gastón. Un repartidor de pizza esperaba al otro lado de la puerta de vidrio del edificio. Gastón saludó al encargado, un viejo correntino que suele darle charla sobre fútbol o política en un infructuoso (siempre encuentra una buena excusa para escapar) intento por calmar el aburrimiento de las anodinas horas que pasa parado en la entrada del edificio de veinte pisos. Era una noche más en la vida de Gastón Herrera, 21 años, estudiante universitario y empleado en una casa de empanadas. Un típico joven de la clase media argentina, víctima de las crisis, lleno de sueños pero corto de posibilidades. Reservado sin llegar a la antipatía, cordial sin caer en un exceso de simpatía.
Cruzó la calle y giró a la derecha. Mientras miraba a dos niños que no podían superar los diez años revolviendo la basura apilada frente a las puertas de un local de comidas rápidas pensó en qué ocupar las horas libres que le quedaban a su día.
Gastón encuentra sumamente placentero recorrer las calles de la ciudad, entregarse a un viaje sin destino por ese monstruo de hormigón y acero que es su hogar y su cárcel. Y es que ama la ciudad, ese constante y violento fluir de la vida empujada por las presiones del trabajo y la sociedad, a pesar del cual es capaz de encontrar la paz necesaria para reflexionar sobre sus propios problemas. Todos los días trata de reservarse por lo menos una hora para sus paseos, los necesita siempre y en especial últimamente. La vida de las personas suele pasar por momentos de crisis, puntos de inflexión marcados por el cambio. Esos momentos en que todo aquello en lo que creemos y confiamos, todo el andamiaje que nos sostiene, parece venirse abajo inexorablemente a menos que logremos realizar las reformas estructurales que nos mantengan en pie. Nuestra existencia está marcada de punta a punta por estos exámenes periódicos que debemos superar para poder seguir andando, para poder evolucionar o perecer. El que dijo que lo que no mata fortalece sabía de lo que hablaba.
Gastón había llegado a la conclusión de que estaba sin lugar a dudas atravesando uno de estos períodos. Las pruebas eran para él más que claras: sus intereses estaban cambiando y se sentía disconforme con su actual estilo de vida, consideraba que los objetivos que quería alcanzar no estaban al final del camino que estaba recorriendo. Todo esto lo perturbaba y afectaba su desempeño laboral y universitario. Pero no era la primera vez que se enfrentaba a algo así y, con la calma que lo caracterizaba, decidió tomar cartas en el asunto y tratar de encausar nuevamente su vida.
En esto ocupaba su mente cuando llegó a la esquina de la avenida. Se detuvo unos instantes, miró a su alrededor como tratando de reconectarse a la realidad. Comenzó a caminar hacia un puesto de diarios mientras trataba de recordar si había traído algo de plata. Tenía la costumbre de salir a la calle sin dinero, lo cual más de una vez lo metió en inconvenientes.
—Hola, —saludó a la señora cincuentona que estaba encargada del negocio.— ¿me da la Inrockuptibles, por favor?
—Siete pesos...
Pagó y dio media vuelta tras recibir el cambio. Caminó nuevamente hasta la esquina y miró el reloj: las 20:43. Decidió darse una vuelta por la casa de Fernanda, una chica de 19 años que había conocido hacía ya poco más de un año.
Dueña de una dulzura y una simpatía que lo encandilaron desde el principio, logró hacerse un importante lugar en su corazón rápidamente. En ese momento Gastón la consideraba la persona más importante en su vida. La amaba, no cabían dudas, pero era solo su amiga. Por esas extrañas circunstancias de la vida quedó atrapado en esta curiosa situación, cualquiera hubiera dicho que estaba loco al aceptar de buena gana semejante sufrimiento, pero él había llegado a un acuerdo consigo mismo (y también con Fernanda, dicho sea de paso): él iba a tratar de buscar su propio camino, alguien más en quién volcar todo ese cariño que tenía por Fernanda, pero no aceptaba negar lo que sentía por ella. “Yo te quiero, y esa es la verdad... y yo no puedo mentirme a mí mismo ni mucho menos a vos”, le había dicho. “Yo te necesito como amigo”, le respondió Fernanda. “Y como amigo me vas a tener, creeme que nunca en tu vida tuviste un amigo que te quiera tanto como yo.” Gastón consideró que perderla para siempre era una tormenta que nunca podría superar, y ante tal perspectiva prefería soportar una época de turbulencias. Y ya llevaba unos cuatro meses sumergido en esta especie de autoflagelo sentimental.
A veces el amor toma formas extrañas. Es increíble ver cómo un sentimiento tan puro y simple es en ocasiones distorsionado por las formas que nos impone la sociedad, por los prejuicios y por la superficialidad de la que todos somos víctimas. Es sumamente curioso el caso en que la persona que es objeto del afecto lo recibe como si fuera algún tipo de maldición, algo que afecta negativamente su vida. Y es entonces que quien ama debe poner límites a lo que siente para no hacer daño a su amado, para no caer en esta paradoja. Pero se confunde quien crea que el sentimiento se apaga tan fácilmente como se encendió. Más bien el que ama decide cambiar el posible sufrimiento ajeno por el propio. Y lo hace con satisfacción, porque eso también es un acto de amor.
Recorrió las cuadras que lo separaban del edificio de cuatro pisos donde Fernanda vive con su hermano mayor, Lucas. Llegó a la plaza ubicada justo enfrente y la atravesó. Cuando lo separaban unos cuarenta metros del frente del edificio alcanzó a ver a su amiga que estaba parada en la puerta hablando con alguien. Lo reconoció, era el novio de Fernanda, Marcelo. Sonrió, era preferible esperar a que terminaran de despedirse. No lo hacía porque tuviera algún tipo de rencor hacia él, a pesar de que le estaba arrebatando el corazón de la persona que amaba. En otra de esas actitudes excesivamente justas que a veces asombraban hasta al mismo Gastón, trataba de tener una buena relación con el muchacho porque no lo consideraba culpable de su situación. Simplemente estaba tratando de evitarle cualquier tipo de problemas a su amiga, porque era consciente de que Marcelo se sentía un poco celoso de la apegada relación que su novia tiene con él.
Buscó un banco y se sentó. Ojeó la tapa de la revista pero desistió en sus intentos de leer debido a la pobre iluminación. Se le acercó un hombre harapiento, con la piel oscura oscurecida por la mugre y los cabellos revueltos y sucios.
—Hermano, perdoname que te moleste, pero no me darías una monedita para comprarme un vinito...
La sinceridad es una característica de las personas que Gastón valora más que ninguna otra, por eso decidió que el zaparrastroso se merecía que lo ayudara a alcanzar esa anestesia que lo mantenía alejado artificialmente de su miseria.
—Muchas gracias, amigo... —dijo el pordiosero mientras se guardaba las monedas en el bolsillo de su raído pantalón de jogging.
Gastón volvió la mirada hacia donde se encontraba su amiga y vió que estaba discutiendo airadamente con Marcelo. Luego de intercambiar un par de gritos, Fernanda entró al hall del edificio y cerró la puerta de madera tras de sí. Marcelo se quedó parado en el lugar unos segundos como analizando la situación y luego comenzó a alejarse de la puerta. Paró un taxi y se fue.
La relación entre Fernanda y Marcelo estaba signada por las desavenencias, pasaban del amor al odio con una facilidad pasmosa. Ya llevaban seis meses juntos y Gastón había prestado su hombro a Fernanda en varias ocasiones. Pero a pesar de todo ninguno de los dos parecía tener intenciones de terminar con el vínculo. Gastón pasó noches enteras pensando en la situación de su amiga, tratando de entender por qué seguía atada a alguien a quien obviamente no amaba. Llegó a un par de conclusiones y se las expresó a Fernanda, a modo de consejo y para tratar de disparar en ella ese revisionismo que todos necesitamos cuando tenemos un problema y no logramos darnos cuenta. Sin embargo, ella era incapaz de reconocer lo que le estaba pasando, seguía sosteniendo una mentira que no hacía más que perjudicarla a ella y a Marcelo. Gastón prefirió callarse la boca, tenía miedo de que sus opiniones se interpretaran como malintencionadas debido a sus sentimientos hacia Fernanda.
Cruzó la calle en dirección a la puerta de madera maciza del edificio de Fernanda. Tres toques cortos en el portero eléctrico.
—Hola
—¿Fer?
—¡Gasty! Esperame que ya bajo...

El dos ambientes donde Fernanda vive con su hermano Lucas está sobriamente decorado, el típico hogar de dos hermanos que vinieron a Capital a tratar de construirse un futuro. Abandonaron su Chivilcoy natal hacía ya dos años. El mayor a trabajar y la nena a estudiar, había sido el plan. Tras pasar por distintos empleos, Lucas encontró un puesto administrativo más o menos estable en una empresa gráfica. Gracias a esto pueden hacer frente con mayor holgura a los gastos de la vida diaria y de los estudios de Fernanda, que está atravesando su segundo año en la Facultad de Ciencias Económicas con un relativo éxito que enorgulleció a su familia. Además de linda, inteligente, eso es algo a lo que Gastón le da mucha importancia en una mujer.
Se sentó en una de las tres sillas dispuestas en torno a la mesa ubicada en la sala de estar-comedor-dormitorio de Lucas que constituía uno de los ambientes del departamento. La voz de Chris Cornell se apagó cuando Fernanda presionó el STOP del minicomponente.
—No era necesario, esa banda me gusta.
—Ya sé, pero así se puede charlar mejor.
—Bueno, si vos lo decís... ¿Cómo andás?
—Bien... bah, más o menos... —Fernanda encendió un cigarrillo.
—¿Qué pasó? Contame.
—Marcelo... pasó Marcelo... y discutimos... ¡Es un tarado! No me deja en paz, yo lo quiero pero no soporto que no me deje vivir tranquila. ¡En cualquier momento lo voy a mandar a la mierda!
Esta conversación ya se había dado otras veces y Gastón creía no tener nada más para decir al respecto, Fernanda conocía su opinión y no tenía sentido insistir.
—Bueno, sólo vos sabés lo que sentís por Marcelo. Como ya te dije, no tiene sentido estar con alguien a quien no querés.
—No es que no lo quiera, es que... bueno, ¡no sé lo que me pasa! Pero ya voy a ver qué hago, contame vos cómo anda tu vida.
—¿Qué te puedo decir? Más o menos como siempre, lo cual no necesariamente es bueno. —Gastón sonrió, recordó todo lo que pensó mientras caminaba para encontrarse con su amiga y llegó a la conclusión de que lo que tenía dentro de la cabeza era demasiado complicado y estaba lo suficientemente revuelto como para considerar una buena idea dejarlo donde estaba— Vos sabés que mi vida no es un jardín de rosas, pero trato de tomármelo con calma. ¡No sabés lo que pasó el otro día en el trabajo..!
El celular de Fernanda comenzó a sonar. Un mensaje de texto. A veces Gastón odiaba esos aparatitos por su insolente costumbre de interrumpir las conversaciones constantemente. El colmo de la comunicación: una charla que irrumpe violentamente en otra. Mientras esperaba que la atención de Fernanda se apartara de la pantalla de cristal líquido, pensó que justamente había sido gracias a uno de esos aparatos que la había conocido.
Recordaba la fecha exacta: 13 de abril de 2004, uno de esos bellos días del otoño porteño. El día anterior Gastón había salido temprano de la clase de Macroeconomía y sintió que el clima lo estaba invitando a una jornada de estudio al aire libre. Buscó un lugar apartado donde instalarse y se quedó sentado debajo de un árbol, permitiéndose apartar de cuando en cuando la atención de los libros para apreciar la naturaleza que lo rodeaba. La paz del lugar se vio interrumpida por un sonido estridente, una sucesión de pitidos en diferentes tonos que parecían querer insinuar la Marcha Turca. Gastón miró a su alrededor, pero no encontró a nadie. El sonido se detuvo y él trató de volver a concentrarse en el estudio, aunque su cabeza trataba de encontrarle explicación a lo que había pasado. Unos quince minutos más tarde, y cuando ya prácticamente se había olvidado del extraño suceso, la sinfonía de bips volvió al ataque. Gastón se puso de pie y trató de encontrar el origen del sonido antes de que este volviera a callarse. Sus oídos lo fueron guiando hasta un tronco ubicado, a modo de asiento, a unos pocos metros del lugar donde él estaba. Se agachó y, detrás del trozo de madera, encontró un teléfono celular, aún sonando. Recibió la llamada.
—¿Hola?
—Emh... hola... —una voz de mujer sonó del otro lado de la línea.— Esteee... ¿dónde encontraste ese celular?
—Eh... en la facultad, en los parques, detrás de un tronco... bueno, de hecho recién lo acabo de encontrar...
—Aaaah... porque es mío, parece que lo perdí hoy a la mañana. Mirá, la verdad que necesito recuperarlo sí o sí... Te pago la mitad de lo que vale, pero sino mis viejos me matan...
—Je... —Gastón se sonrió— No, no va a ser necesario que me pagues nada, ¡el celular es tuyo! ¿Vos venís mañana a la facultad? Arreglamos y yo te lo traigo, no te preocupes...
—Ay! Disculpame, es que... viste cómo es la gente... Cuando te ven con el agua al cuello... Bueno, mañana en la puerta de San Martín. ¿Al mediodía te viene bien?
—No hay problema, al mediodía entonces. Yo soy Gastón, ¿cómo es tu nombre?
—Fernanda
Se encontraron a las 12:07, Gastón esperó cinco minutos sentado contra las rejas de una de las entradas de la facultad. La vereda estaba desierta, salvo por algunos volanteros que charlaban entre ellos y dos estudiantes que, por lo que Gastón había podido oír, no estaban muy felices con uno de sus profesores. Una morocha que no aparentaba más de 20 años se quedó parada frente a la puerta, miró el reloj. Los cabellos enrulados hasta los hombros enmarcaban un rostro que se contradecía a sí mismo, sus rasgos componían una imposible mezcla de inocencia y madurez, llevaba un par de lentes de marco negro que parecían estar allí con el único fin de resaltar su bella mirada.
—¿Fernanda?
—¡Ah! Vos debés ser Gastón... —dijo la chica al tiempo que volvía la mirada hacia las rejas.— No sabes cómo me salvaste... Muchas gracias.
—No, no tenés nada que agradecerme, la verdad que fue pura suerte que haya encontrado el celular, estaba en el lugar correcto en el momento correcto, nada más.
Gastón sacó el teléfono de su mochila y se lo dio a Fernanda.
—Gracias. —Fernanda se sentó al lado de Gastón.— ¿Cursás algo ahora?
—Sí, a la una.
—¡Yo también! En realidad ayer no tenía que cursar ninguna materia pero vine porque habíamos arreglado con unas compañeras para juntarnos a estudiar. Nos fuimos a sentar por ahí en el parque y parece que se me cayó el celular y no me di cuenta hasta que estaba en el colectivo. ¿Y vos qué estudiás?
—Economía.
—¿En serio? ¡Yo también! Empecé el año pasado.
—Ah, mirá que bien, a mí me faltan tres materias para terminar el ciclo general...
La charla continuó hasta que el reloj marcó la una de la tarde y pasó por temas muy variados. Intercambiaron sus e-mails y prometieron tratar de mantenerse en contacto. Gastón sintió una gran simpatía por Fernanda desde el principio, desde el momento en que escuchó su voz en el celular, y esta charla no había hecho más que reafirmar ese sentimiento. Luego de enviarse mails y encontrarse varias veces en la facultad descubrieron que también compartían barrio el día que se encontraron en la fila del supermercado. De ahí en adelante la relación no hizo más que volverse cada vez más estrecha.
Fernanda terminó de responder el mensaje de texto.
—Era Marcelo, quiere que salgamos mañana a la noche. Dice que la banda de un amigo toca en un pub y quiere que vayamos.
—¿Y no te dijo nada de lo que pasa hace un rato?
—No... qué se yo, ya fue...
La cabeza de Gastón se llenó de preguntas y objeciones... Pero una vez más prefirió hacer silencio.
—¿Venís?
—¿Adónde?
—Digo, mañana, ¿venís con nosotros?
—Eh... pero no me parece que esté bien. Es una salida de ustedes, no creo que Marcelo me quiera ahí.
—Bueno, pero yo sí... que Marcelo se joda... ¿venís?
—¿Por qué será que siempre me terminas convenciendo de todo?

El pub de San Telmo estaba lleno. Eran las diez de la noche, la banda llenaba el lugar con su opresivo sonido grunge. Gastón, Fernanda y su novio ocupaban una mesa ubicada en un rincón del local, alejados de los músicos. Habían llegado un poco tarde porque la puntualidad nunca fue un punto fuerte en Marcelo. “Trabaja mucho”, solía decir Fernanda, “siempre está ocupado en algo...”. Pidieron tres cervezas y charlaron un buen rato.
—Son bastante buenos... —comentó Gastón.
—¡Seguro! Dales un poco de tiempo y se van a convertir en los Sound Garden argentinos. Creeme, se van a ir para arriba... Ya quieren grabar un disco a lo grande, lanzarse como corresponde. Estuvieron hablando conmigo porque quieren que les de una mano, yo conozco a algunas personas.
La ocupación de Marcelo es indefinida. “Empresario”, dice él. Es uno de esos tipos que conocen a medio mundo y tienen contactos en todas partes. Desde que Gastón lo conocía había estado metido en varios negocios distintos: fabricó remeras con marcas truchas, le vendió lana de tercera a precio de primera a unos chinos obviamente mal asesorados y luego montó, con un socio, un estudio de grabación y salas de ensayo. Su próximo proyecto era un restaurante en Palermo. Lo que se dice, un tipo despierto para las cuestiones comerciales. “El típico argentino avivado que es capaz de vender a su abuela si el precio le conviene”, opinaba Gastón.
—¿Y vos? ¿Cómo te va en tu puesto de esclavo del Sr. Repulgue? Ya te dije que yo te puedo acomodar en algún lado, no seas boludo, que con una llamadita yo te consigo ochocientos mensuales...
—Y yo ya te dije que prefiero ser esclavo por mérito que libre por acomodo. Además, estoy bien con lo que tengo, no necesito mucho más. Digo, me alcanza para vivir, estudiar y darme algunos gustos... pocos y chiquitos, pero por mí está bien.
—¡Qué pocas pretensiones! En la vida siempre hay que querer más, buscarlo y conseguirlo como sea. ¡Dejá de perder tiempo con los libros! Yo no terminé el secundario y ¿a vos qué te parece? ¿Necesito algo de lo que tienen los libros adentro? —lanzó una carcajada que destilaba soberbia y autosuficiencia, al tiempo que abrazaba a Fernanda.
La banda estaba terminando un pequeño set de obvios covers de Nirvana y Pearl Jam. Fernanda se soltó del brazo de Marcelo, enojada.
—¡Ya te dije que no me gusta que hables así! ¿Te pensás que sos mejor que los demás? ¿Que los pelotudos que pierden siete años de sus vidas para ganarse un título de remisero? —Gastón no había visto a Fernanda enojada muchas veces y tenía la creencia de que en realidad nunca la había visto muy enojada, pero podía darse cuenta de que las palabras de Marcelo la habían molestado bastante.
—Pará, no me armés una escena...
Gastón le agradeció a su vejiga la oportunidad que le daba de dejar a la pareja sola para que pudiera arreglar sus problemas, porque no le cabía la menor duda de que cuando volviera del baño los iba a encontrar abrazados, besándose, o algo por el estilo.
—Mmh... Me van a disculpar un minuto, voy a tratar de encontrar el baño... —ninguno de los dos lo estaba escuchando— Aunque no creo que les importe... —susurró sonriendo y se alejó de la mesa.

Buscó con la mirada y alcanzó a ver una puerta en la parte izquierda del salón, caminó hacia ella y la abrió. Daba a un pasillo apenas iluminado por una lamparita que pendía del techo sostenida por un cable, las paredes estaban manchadas de humedad. Al fondo había otra puerta, y otra más en la pared derecha del pasillo. Las dos estaban cerradas y no parecían baños, Gastón supuso que se había equivocado de camino y dio media vuelta rápidamente para salir de ahí antes de que alguien lo encontrara. Salió por la puerta y sus ojos se adaptaron nuevamente a la oscuridad del lugar. Descubrió que la banda había dejado de tocar, sus integrantes y algunos plomos estaban desarmando el equipo. Entonces vio a Marcelo, hablando muy de cerca con la bajista del grupo, una chica de unos 23 años, alta y flaca, pelo lacio rubio hasta la cintura. Ella estaba apoyada en la pared y Marcelo, a escasos centímetros de su rostro, le hablaba en un tono que seguramente apenas llegaba a sobreponerse al murmullo y la música del lugar. La conversación estaba salpicada por risitas cómplices. Finalmente, las manos de Marcelo se apoyaron en la cintura de la chica y este la besó en la boca. Ella tomó el rostro de Marcelo con ambas manos.
“La banda de un amigo...”, pensó Gastón. Rápidamente lo llenó un sentimiento de desprecio, no podía creer lo que veía y no sabía qué hacer. Pensó en Fernanda, y se convenció a sí mismo de que lo mejor era hablar con su amiga, que ella decidiera lo que tuviera que decidir. Así que controló su ira y se alejó del lugar, volviendo a la mesa. Lo que había pasado lo hizo olvidarse completamente de que su cuerpo lo había enviado en una misión de suma urgencia.
—¡Ya volviste! —dijo Fernanda, un tanto asombrada por la velocidad con que su amigo se había ocupado de sus necesidades naturales— O será que en realidad te fuiste para dejarnos a Marcelo y a mí solos... Sos mi amigo, tendrías que cuidarme, no dejarme sola con un loco que dice boludeces, mirá si me pasaba algo...
—Bueno, la verdad que no tiene mucho sentido que pienses así de tu novio... —Gastón dejó escapar un leve tono de ironía— De todas formas ya los conozco, no es la primera vez que los veo pelearse y se que se arreglan con una facilidad increíble, así que por eso no me preocupé. De hecho, esperaba encontrarlos juntos y felices cuando volviera, ¿qué pasó?
—Le puse los puntos a Marcelo, como ya viste, y después, apenas la banda terminó de tocar, se levantó y me dijo que tenía que hablar con su amigo... ¡Me dejó hablando sola, el muy cobarde!
—Fernanda, —Gastón vio que Marcelo estaba a unos cuatro metros de la mesa— después vamos a tener que hablar.
—Eh! ¿Ya estás de vuelta? ¡Qué rápido, viejo! ¿Todo lo que hacés lo terminás tan rápido? —dejó escapar otra de sus carcajadas sobradoras, todo el odio volvió a Gastón, pero se controló, aunque no pudo disimularlo muy bien. Fernanda vio el enojo en su cara.
—¡Marcelo!
—Bueno, che, es un chiste, está todo bien, si con Gastón somos amigos, ¿no? —le dio unas palmaditas en el hombro.
—Sí, seguro...
Si yo hablara ahora se terminaría tu mentira, te borraría esa sonrisa imbécil de la cara. Dejarías de reírte de Fernanda, de usarla. Ella vería que no la amás, que no la merecés. Pero no....
La noche siguió su curso. Consumieron varias cervezas más, especialmente Marcelo, quien para las dos de la madrugada ya acusaba los efectos del alcohol que circulaba por su sangre. Fernanda y Gastón tomaron con más moderación y, si bien estaban un tanto mareados, aún tenían la suficiente conciencia como para darse cuenta que era mejor evitar que Marcelo siguiera bebiendo.
—Marcelo, me parece que mejor ya nos vamos, —dijo Gastón, echando a su amiga una mirada que le pedía que lo asistiera en sus intentos de convencer a Marcelo— no me quiero despertar muy tarde mañana porque así voy a poder aprovechar la tarde para estudiar un poco, se acercan los parciales...
—Sí, además hace como cuatro horas que estamos acá, ya me cansé. Tomemos un poco de aire, caminemos un rato y después: cada uno para su casa, ¿dale? —agregó Fernanda.
—Uuh... ¡Qué amargos que son los dos! ¡Esta ya se que es así, pero los dos juntos son peor!
—No te enojes, Marce... Dale, vayamos a otro lado...
—Bueno, bueno, está bien, nos vamos...
Se levantaron de la mesa y salieron del local. El andar errático de Marcelo daba cuenta de su estado.
Las nubes que cubrían el cielo nocturno parecían palpables y auguraban un día lluvioso y frío, el invierno estaba comenzando a hacer notar su presencia. Las calles estaban desiertas pero, apenas audible sobre el sonido de los pasos en el empedrado, se advertía el murmullo de música y charla que escapaba de los bares y restaurantes. Para muchos la noche recién comenzaba.
Caminaron en silencio unos cuantos minutos, Fernanda y Marcelo abrazados, Gastón pensando en lo que tenía que hacer. Lo llenaba una mezcla de dolor e indignación, tenía la extraña sensación de que el daño que le hacían a su amiga lo hería a él también. Pero lo tranquilizaba saber que esta vez hablaría con Fernanda, no podía ser de otra forma. Si alguna vez había callado por miedo ahora tenía que hablar, ayudar a Fernanda a superar el dolor de la traición, esa terrible impotencia que sentimos cuando nos damos cuenta de que fuimos engañados. Era su deber de amigo, después de todo.
Creeme que nunca en tu vida tuviste un amigo que te quiera tanto como yo.
Tomaron un taxi. El conductor era uno de esos tipos insoportables que no saben darse cuenta de que su pasajero simplemente no tiene ganas de charlar. Gastón seguía un poco perturbado por lo que había pasado y Fernanda odiaba la conversación sin sentido, la típica “charla de ascensor”, así que a las pocas cuadras el único que prestaba atención al chofer era Marcelo.
Pararon en la puerta de la casa de Fernanda, ella bajó y se despidió de Marcelo.
—Marce, vos seguí hasta tu casa. Chau Gastón, nos vemos.
—¿Qué? ¿Cómo que me vaya a casa? Pero si recién empieza la noche... no, yo me quedo con vos... —dijo Marcelo.
—Marcelo, qué dijimos, “cada uno para su casa”. Dale, no me hagas enojar. —antes de que su novio pudiera responderle le dio otro beso de despedida. O Marcelo se quedó conforme o ya no estaba en condiciones de defender su posición porque se quedó en silencio.
Fernanda dio unos pasos en dirección a la puerta del edificio, buscando las llaves en su bolso, cuando vio a Gastón parado a unos metros de ella. El taxi emprendía lentamente la marcha.
—¿Qué hacés? —le preguntó, indicando con la mano el taxi que se alejaba.
—¿Por?
—Marcelo va para tu lado, te podían acercar...
—No te preocupes, no me va a hacer mal caminar un par de cuadras, ¡tampoco vivo tan lejos! —dijo tratando de poner una sonrisa en su rostro, pero su expresión volvió rápidamente a expresar preocupación— Fer, me parece que tenemos que hablar.
—¿Qué pasa? ¿De qué tenemos que hablar?
Gastón contó todo lo que había visto, tratando de no omitir ni el más mínimo detalle para que Fernanda no tuviera dudas de que no le estaba mintiendo. Sí, a pesar de todo seguía sintiendo ese miedo irracional. ¿Irracional?
—Vos sabés que podés confiar en mí, me duele muchísimo tener que contarte esto pero es la verdad...
La expresión de Fernanda pasó de sorpresa a ira en cuestión de segundos.
—Es cierto, yo confiaba en vos. Y no puedo creer que me estés haciendo esto... ¡Es obvio que lo que me estás diciendo no es verdad! Yo sé que vos no lo querés a Marcelo, pero esto es demasiado. ¿Cómo podés aprovecharte así de mi confianza? Los dos sabemos por qué hacés esto, Gastón, o te pensás que me podés engañar. Pero ya te dije que te olvides de eso, no te metas en mi vida. Y pensar que yo te creí cuando me dijiste que ibas a ser mi amigo... Sí, la verdad que yo confiaba en vos...
Fernanda dio media vuelta y metió la llave en la cerradura como si el movimiento hubiera estado calculado y ensayado con sumo cuidado. Entró al hall y cerró la puerta tras de sí, todo en una única coreografía de apenas unos segundos.
Gastón quedó parado en la vereda, mirando la brillante madera de la puerta. De repente todo a su alrededor se volvió negro, sentía que estaba flotando en un agujero negro. Solos él y la puerta.
Y sumergido en esa nada que lo envolvía comprendió que el amor podía pasar de ser ese sentimiento que te permite seguir adelante, levantarte cada mañana con ganas de vivir y de intentar, a ser una enfermedad que te oprime el corazón, que no te deja respirar, que te quita todo lo que creías tener, en una fracción de segundo. Entendió que a veces el mundo es injusto y las cosas no suceden como deberían. Y lloró. Lloró por primera vez desde que había dejado de ser un niño.
La lluvia comenzaba a caer sobre la ciudad.

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